Medir lo efímero

Hace mucho que dejé de considerar a la felicidad como medida de todas las cosas. Sería tonto hacerlo porque no he encontrado la forma de medir algo que es efímero por naturaleza.

He preferido juntar los instantes en que ella llega: el ronroneo de un gato, el sonido de una pelotita que rebota cuando los gatos la mueven, poder mirar al sol detrás de las nubes, el aroma del café matutino, ver cómo las hierbas aromáticas que sembré van creciendo, y, en su momento, sentir el cabello de la persona amada debajo de mis dedos. Así. Sin complicaciones.

He aprendido a que mi felicidad no dependa de un objeto… o de una persona porque cuando se van, ¿qué te queda?

Es tan simple cuando entiendes que la felicidad no es un estado permanente. Pero cuando crees que debe ser eterna, es que comienzas a sentirte miserable.