15/06/2017

P:

Me preguntas si ya me resigné. ¿Para qué quieres saberlo? ¿Para vivir tu libertad sin culpa?

Mi respuesta es no. Perdona que te decepcione, pero esa es la verdad. ¿Y qué esperas? No fueron semanas ni unos cuantos meses. Fueron años, y esos no se superan en unas cuantas semanas, mucho menos si te tomaste la libertad de decidir por mí. Culpa a mi alma sensible, si quieres, esa que es bien selectiva y no se abre a cualquiera… y que, aunque no quieras admitirlo ahora, conoces bien.

Tú sabes lo que es perder a alguien, tú también has vivido un duelo y sabes que superar una pérdida no es cosa fácil… aunque intentes escapar de ella.

Mi duelo es únicamente mío y durará lo que tenga que durar, pasará por cada una de las etapas en el momento justo… ya sabes que no huyo de la oscuridad que puede llegar a habitar mi alma. La dejo estar hasta que se quiera ir, hasta que me deje descansar porque de nada sirve evadirla.

Quizá para entonces pueda darte una respuesta.

N.M.

 

Medir lo efímero

Hace mucho que dejé de considerar a la felicidad como medida de todas las cosas. Sería tonto hacerlo porque no he encontrado la forma de medir algo que es efímero por naturaleza.

He preferido juntar los instantes en que ella llega: el ronroneo de un gato, el sonido de una pelotita que rebota cuando los gatos la mueven, poder mirar al sol detrás de las nubes, el aroma del café matutino, ver cómo las hierbas aromáticas que sembré van creciendo, y, en su momento, sentir el cabello de la persona amada debajo de mis dedos. Así. Sin complicaciones.

He aprendido a que mi felicidad no dependa de un objeto… o de una persona porque cuando se van, ¿qué te queda?

Es tan simple cuando entiendes que la felicidad no es un estado permanente. Pero cuando crees que debe ser eterna, es que comienzas a sentirte miserable.

7

Me miras, de cerca me miras, cada vez más cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y silencio.

Rayuela, Julio Cortázar