Cruce

Hace mes y medio comencé a dividir mi pastilla de fluoxetina, ignorando el consejo de el neurólogo de esperar tres meses para llegar a la mitad. Lo hice porque ya estoy harta de que el químico arruine tantas cosas, de no sentir las cosas que quisiera en el momento justo, de haber perdido mi creatividad. Pensé que por estos días podría iniciar el último trayecto para sacar a ese químico de mi sistema, pero hoy no estoy tan segura. No sé cómo llamar esa sensación que me acompaña, ¿miedo? ¿incertidumbre? Tengo otra palabra en la punta de la lengua pero no la ubico. Sólo sé que permanezco en ese lugar oscuro que me sé de memoria, sin poder dar el salto… ¿hacia dónde?

Nunca he sido una persona jovial, no voy por la vida viendo todo color de rosa; esos lentes jamás me los dieron cuando fueron a repartirlos y por lo tanto no aspiro a habitar ese lado de la línea. No va conmigo, no sé qué hacer ahí y las pocas veces que he logrado cruzarla todo me ha parecido tan irreal, tan efímero y doloroso. Y no es que me encante estar de este lado, aquí en lo oscurito. Más veces que menos -sobre todo últimamente- me harto de este rincón. Quizá porque este lado no me ha dado nada -ni un maldito párrafo a lo largo de seis años-  cuando ya he dejado media vida, sangre, sudor y demasiadas lágrimas por aquí. Quizá porque perdí mi brújula y aún no la he velado, y erré el camino. Tantos “quizá” posibles sin saber cuál de todos es el bueno que me permita salir de esta ¿confusión?

Estoy en medio de un cruce de caminos, observo y pienso -en exceso- cuál de los cuatro tomar. Es entonces que las voces, que permanecieron calladas por tanto tiempo, vuelven a habitar mi cabeza para predecir fracasos, para avivar los miedos, para reírse y repetir un incansable “te lo dije”. Todo para intentar arrastrarme a las profundidades de esa oscuridad espesa y pegajosa. ¿Cuál de los cuatro caminos tomaré?

Debo darme prisa, porque he perdido tanto, porque aún hay tanto que tengo pendiente que quiero terminar para estar en paz. ¿Cuál de los cuatro? No hay vuelta atrás porque ahí, donde he estado tanto tiempo, nada es capaz de crecer y con el paso del tiempo todo se seca o se pudre. ¿Hacia dónde voy? Si tan sólo el miedo dejara de pisarme los talones y me permitiera poner un pie tras otro sin importar el camino… pero el incesante tic-tac del tiempo me recuerda que se acaba sin posibilidad de poderlo recuperar.

Después del diluvio sigo aquí

Han pasado dos años desde que volví a recaer, de hecho, si soy extremadamente meticulosa, diría que ha pasado más tiempo desde que volví a caer en el punto más bajo de los nueve círculos de mi infierno personal. Me los sé todos. He pasado mucho tiempo viajando de uno a otro, quizá mucho antes de percatarme que algo dentro de mi cerebro no funcionaba como el resto del mundo quería.

Durante un par de años (creo que hasta un poco más) he permanecido en terapia, intentando salir de lo más profundo del infierno. Hablarlo ha servido, estando medicada ha sido más sencillo. La Fluoxetina y yo nos volvimos grandes amigas. Fue ella la que calló a las vocecitas en mi cabeza, la que me permitió volver a dormir tranquila y de corrido (en más ocasiones), la que me hizo ver las cosas desde otra perspectiva.

He descubierto que a mí las sombras me gustan más que la luz, aunque a mi neurólogo -a quien llamaré el Dr. T-  le parezca por demás extraño y se empeñe en meterme a fuerza en ese molde que nadie sabe quién creó. El Dr. T considera que aún no me recupero, que tengo un terrible problema de personalidad antisocial y que lo más probable es que recaiga en tres meses. Hace tiempo que dejé de creerle al Dr. T y sé, que para que él me dé de alta, tendría que transformarme en una persona que pasa toda la mañana peinándose en el salón, se viste de amarillo maíz y sale todos los días de su casa a ver a qué nuevos amigos puede encontrar. En resumen, el Dr. T piensa que después de tres años de Fluoxetina me transformaré de un renacuajo en una bella mariposa, aunque biológicamente sea imposible. Tampoco lo lograría si tuviera que tomarla de por vida, como lo sugirió en un momento.

No sé si esté lista para dejar la Fluoxetina, y aunque el proceso de dejarla será largo -casi medio año- sé que no volveré a ver al Dr. T; su mente tan cuadrada y tan cerrada a lo que es diferente me dejaron un mal sabor de boca y pocas esperanzas de que en algún momento me dé de alta.

El camino que aún debo recorrer es largo y accidentado. Le temo porque, aunque ya he visto lo más profundo del infierno, salir de ahí ha costado y cuesta sangre y muchas lágrimas, pero al mismo tiempo hay tantas cosas importantes para mí, que ya no soy capaz de hacer con ese veneno en mi sistema que me mantiene en el limbo donde nada ocurre, donde el silencio me rodea y las vocecitas callan.

Tropezaré unas cuantas veces, quizá me quede en el suelo otras tantas, pero mientras sea capaz de estar en paz conmigo cuando cierre los ojos cada noche creo que ya estoy del otro lado.

 

 

Hello, hello… are you out there?

Pues aquí estoy de nuevo. No pude resistir la terrible tentación de borrar todo lo anterior y volver a comenzar (y sí, me tragué las palabras escritas en la anterior versión de este blog). No sé qué vaya a suceder en este espacio, en realidad no tengo planeado algo en especial, simplemente que esto sea -como lo fue alguna vez- mi tilichero personal, un espacio en donde guardar cosas que me encuentro a lo largo del día, de los meses. Nada más que eso.

No sé si allá afuera aún quede alguien que vaya a leerme, lo cierto es que las pocas visitas a este espacio son culpa mía; me he desaparecido por largos periodos para rumiar pensamientos en mi cabeza, en frente de un monitor frío, y que ahora están perdidos entre mis neuronas sin dejar testimonio alguno. Así es esto y el show debe continuar.